SaltimBrinco

Saltimbrinco es un juego, donde cada palabra tiene su intención.
Saltimbrinco es un juglar, es una canción.
Saltimbrinco tiene su raiz en Brasil, jugando descalzo.
Saltimbrinco es una luz, es un fueguito.
Saltimbrinco es lo que me de la gana, que para eso lo escribo yo.
Saltimbrinco no salta... vuela.
Saltimbrinco es un bombo y un platillo, música para los dedos de tus pies.
Saltimbrinco es una letanía, una bienaventuranza, una oración laica.
Saltimbrinco entra por tus sentidos y se aloja en algún rincón de tu sombra.
Saltimbrinco es un reproche. Es una rabieta.
Saltimbrinco roba trocitos de cristal del cielo para dejarlos en tu puerta.
Saltimbrinco es mi literatura en las raices de tu boca.
Saltimbrinco es armonía. Es la melodía de mi alma.


Saltimbrinco te da la bienvenida a su casa... ten cuidado con el perro que puede morder.



lunes, 5 de marzo de 2012

EL ÁRBOL DEL SEXO


El árbol del sexo está en un jardín discreto al fondo del parque, rodeado de frutales y hortalizas. Su sombra recoge los musgos perversos; en sus ramas se albergan nidos mancillados de lujuria; sus brotes tiernos se insinúan en pecado; y en sus raíces habitan civilizaciones enteras de seres umbríos que no muestran la cara y no dan la espalda.

El árbol del sexo reprime en silencio los gritos de placer de los animales que en la noche buscan cobijo. Y les cede el calor de su pecho. Y les besa la frente, la cara… el cuello. Y les sopla su aliento detrás de las orejas provocándoles súbitos escalofríos, instintos lascivos e impulsos salvajes.

El árbol del sexo te canta canciones y te invita a jugar a su lado: a juegos tibios y furtivos para niños; provocadores y apasionados para los jóvenes; correctos y rutinarios para los adultos; prohibidos y verdes para los viejos.

El árbol del sexo no es precisamente bello.

El árbol del sexo es animal. Es deseo. El árbol del sexo se deja mecer en los días de viento, sintiendo en sus ramas el cosquilleo genital de un éxtasis auto-inducido.

El árbol del sexo no tiene corazones tatuados en la corteza, eso se le reserva para el árbol del amor, que curiosamente se encuentra en el lado opuesto del parque.


Dicen las malas lenguas que las raíces de estos dos árboles se extienden bajo tierra y que, en algún punto de lo más profundo, llegan a tocarse… a rozarse… a fundirse en un delicado y placentero orgasmo.

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